En política, cualquier cosa es posible. Así que cualquiera puede atreverse a fantasear o a interpretar la realidad a tenor de los acontecimientos que suceden a su alrededor diariamente, o imaginándoselos. Partiendo de que el político puede ser de todo menos honrado (salvo escasas y honradas (vaga la redundancia) excepciones) y que por lo tanto, no repara en consideraciones éticas ni morales para cumplir con sus ambiciones, cabe cualquier tipo de cábala sobre su comportamiento en la práctica de su actividad. Viene a cuento esta reflexión a partir del follón que han montado el muy Honorable Presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas y el (a secas) Presidente de la Nación, Mariano Rajoy.
Todo empezó un once de septiembre (o quizás antes) cuando las calles de Barcelona se inundaron de ciudadanos pidiendo independencia. Muchos más de los que nunca hubiera soñado Artur Mas, y muchísimos más, de los que don Mariano Rajoy hubiera deseado. Para el primero, que es más listo que un piojo colorao, si bien al principio tal cantidad de ciudadanos y ciudadanas con banderita estelada en ristre, gritando al unísono como si fuera una sola persona, independencia, le sorprendió tanto como lo acojonó.
Después, quizás al siguiente día, pensó que tenía ante sí una oportunidad cojonuda, y perdón por la expresión, para cubrir su descrédito al frente del gobierno catalán conseguido a pulso y con todo merecimiento, por todos los recortes, su política neoliberal, sus bonos basura, su banca rota, las investigaciones sobre corrupción en el sistema sanitario...y cualquier otra cosa que los ciudadanos pudieran reprocharle.
Pensó entonces, que aquella muchedumbre empapada hasta los huesos de patriotismo y muy sensibilizada con los asuntos identitarios, pero sobre todo, por el expolio fiscal que España les infringía, repetido miles de veces por los nacionalistas catalanes y sus medios afines; y por lo tanto, si nos atenemos a la teoría de Gobbels, una verdad como un templo, suponía para él en la visita que tenia prevista realizar a Madrid para pedirle a Rajoy el pacto fiscal, el mejor argumento y el mejor aval para permitirse el lujo de chulearle a éste y tutearle si llegaba el caso, exigiéndole con una foto de la manifestación sobre la mesa, el pacto fiscal de momento, pero que volvería al cabo de poco tiempo a pedirle la independencia, asegurándole que en la siguiente entrevista, la foto sería el doble de grande y enmarcada.
Se infiere que ante tanta chulería y tanta prepotencia como había mostrado el muy Honorable catalán, sacó éste, de sus casillas al gallego, poco acostumbrado a que se le trate con tan poco miramiento, tan poca consideración y tanto desdén, y menos, un presidente periférico por mucho aspecto que tenga de gerente de puticlub; y dando un fuerte golpe sobre un pequeños espacio que había libre sobre la mesa después de todo el papeleo que había esparcido su interlocutor con el pacto fiscal, le dijo: tu tienes foto de la mani y yo tengo mayoría absoluta; tú no tienes dinero ni yo tampoco; así que ni pacto fiscal ni leches...y olvídate de nuestra ayuda parlamentaria en tu pueblo, que ya te hemos ayudado bastante; que te ayuden los comunistas, los verdes, los que reparten el agua en la mesa del Parlament o los taquígrafos. Y ahora, para hacer tiempo y que esa chusma que hay afuera esperando con cámaras y micrófonos crea que hemos estado negociando amigablemente un par de horas, te juego una partida a los chinos a euro la partida, y si ganas, será lo único que te lleves pa Cataluña. ¿Te hace?.
No respondió Arturito más que con una mirada aviesa y una sonrisa forzada en sus labios, pensando muy para sus adentros, y en catalán, (faltaría más): Este tío es más tonto de lo que creía: se la estoy metiendo (perdón, pero así lo pensó) doblada y ni se entera. Entonces, el muy astuto, recogió todos los papeles del pacto fiscal y los metió en la cartera, en la cual había adherida una pegatina muy chula en la que se leía en catalán, "Espanya ens roba" y prosiguió exagerando el acento catalán en sus dicción: Si piensa su excelencia que con su actitud ha conseguido algo, se equivoca. Su negativa me convierte, así como el que no quiere la cosa, del villano que ha salido de Barcelona esta mañana (y usted y todos los ciudadanos saben muy bien por qué) en un héroe. Soy tan poco partidario de la independencia como usted, pero eso no llegará a saberlo nadie, porque aunque tengo contraído con esa gente de la mani del día once de septiembre un compromiso con sus reivindicaciones de independencia, nunca seré yo el culpable de que no la tengan, sino usted. A mi me aclamarán mañana en al plaza de San Jaume de Barcelona como un rey derrotado pero valiente y decidido. Derrota que mis paisanos interpretarán como una tremenda ofensa hacia el pueblo de Cataluña. Convocaré elecciones anticipadas y barreré, porque voy a proponer un referéndum de autodeterminación en mi programa electoral que nunca tendré que cumplir, y que los demás partidos, excepto el suyo y alguno más de poca entidad, también lo llevarán en sus respectivos programas. Usted y posiblemente el PSOE y otros, (y aquí viene lo bueno) apelando a la legalidad que obliga la Constitución, cuando llegue el momento de la verdad, que llegará, haciendo uso de la autoridad que le confiere el cargo y el juramento que hizo de cumplir la ley y hacerla cumplir a los demás, prohibirá tal referéndum y yo habré matado tres pájaros de un tiro: deshacerme del compromiso de independencia que contraje con los de la manifestación y con los que me votaron, afianzarme como dueño y señor de Cataluña durante décadas, campando a mis anchas; y tercero, me cargaré al único partido que me ha hecho siempre sombra: el PSC; partido éste, que acabará ahogado en su propia indefinición. Usted en cambio, aparte del descrédito que tiene, tan merecido como el mío antes de este lío. A partir de ahora, don Mariano, será usted, más de lo que ha sido hasta ahora, el gran verdugo que ahorcó la libertad y la independencia de Cataluña, que traducido en votos: cero patatero.
Entonces, Don Mariano, que acababa de encender un puro y había inundado el despacho donde se encontraban de humo pestilente, le espetó sin perder las formas y simulando una exagerada cordialidad: Se equivoca usted, mi querido amigo y muy honorable president de la Cheneralitat. Le diré por qué: Yo gobierno un país de cuarenta y siete millones de almas, incluida nuestra muy querida Cataluña (a Artur se le escapó una carcajada que casi se mea), en cambio usted, en Cataluña tiene siete millones mal contados, de los cuales hay la mitad o más, que no quieren la independencia .¿Se imagina usted por un momento, el orgasmo colectivo que sentirán mis gobernados españoles y catalanes que no desean la independencia, cuando anule con todas la de la ley su tan caca...reado referendum? ¿Se imagina usted, mi querido Artur, hasta que punto esto me puede resultar beneficioso electoralmente, tanto en España como en Cataluña?.
No crea usted, Arturo, perdón, Artur, que parte de los españoles son muy diferentes a los catalanes a la hora de envolverse en una bandera y priorizar el patriotismo identitario a cualquier otra cosa, por mucho que les toque los "collons", como dicen ustedes. Así que, aunque no se lo crea, me alegro una barbaridad que se haya producido este encuentro, porque después de todo, tampoco es que haya entre usted y yo mucha diferencia en cuanto a lo esencial en nuestras respectivas ideologías conservadoras y neoliberales. Ahora, le toca a usted defender ese maldito referéndum, la independencia y lo que le venga en gana; y a mi, a enviarlo a la papelera o al váter, y si se pone muy pesao, le envio a la Brunete, según se me antoje cuando llegue el momento y todos tan contentos. Nuestros nacionalismos respectivos se retroalimentan, querido amigo, de forma que usted podrá seguir desde su cómodo y rentable pedestal mucho tiempo gracias a mi mala leche; recortando, privatizando y cultivando amistades beneficiosas , y yo haré lo mismo gracias al embaucamiento que ejerce usted sobre sus súbditos sobre el expolio y tal. Ambos disfrutaremos a partir de ese momento de una recuperada autoridad moral sobre nuestra respectiva plebe, y a vivir que son dos días.
Y hasta aquí una ficción que puede que no lo sea tanto, porque ya sabemos que muchas veces ésta supera a la realidad. En los próximos meses, veremos hasta qué punto esto es así.



