La tomadura de pelo y otros asuntos menores
A un servidor, una de las cosas que menos le ha gustado en la vida, es que le tomen el pelo, tanto en el sentido metafórico de la palabra, como en el literal. De este último quiero hablaros:
Siempre supuso para mí un verdadero suplicio -y lo sigue suponiendo- el someterme a un pelado de cabeza. Cuando era un niño, más que un suplicio suponía para mi un martirio -suponiendo que el martirio sea peor que el suplicio, claro- verme sentado en un sillón alto de asiento de anea que tenia el barbero pa pelar niños, cuyos posabrazos junto al espaldar y a un listón de protección que tenía delante, más que una silla me parecía un potro de tortura. No podía soportar que el barbero me cogiera la cabeza y la zarandeara de un lugar a otro sin contemplación -al menos eso me parecía a mi- ni sentir como la maquinilla de pelar mas que cortarme el pelo me lo sacaba de raíz.
Claro que yo no era moco de pavo a la hora de complicarle la vida al pobre barbero, que entre que tenía el pelo “como el esparto” según sus palabras, y mis negativas permanentes a mover la cabeza hacia donde la quería llevar el pobre hombre, acababa siempre sudando la gota gorda cuando me pelaba. Llegó a decirle a mi madre, que prefería darle el dinero para que me llevara a otro sitio a pelarme. Así que ya podéis imaginaros el placer que le producía al barbero verme entrar de la mano de mi madre en su barbería.
Tenía el barbero inicialmente la barbería, en la parte de arriba del pueblo. Allí en aquel minúsculo habitáculo fue donde tuvieron lugar mis primeros traumáticos pelados de cabeza y las dolorosas esperas, siempre amenizadas por el cansino y perverso tic tac de un viejo despertador y del ruido igualmente persistente y monótono de las habilidosas, eso sí, tijeras de aquel barbero. De cuando en cuando la conversación de personas mayores rompía un poco aquel aburrimiento y hacía que la espera hacia el martirio al que siempre espera ser sometido, fuera más llevadera.
Al poco tiempo, se trasladó el barbero, de cuyo nombre de pila no me acuerdo, si es que lo supe alguna vez, a un lugar mucho más céntrico: a la Calle Real, exactamente, o muy cerca de donde se celebra o se celebraba, la subasta pa correr a los santos pa Semana Santa.
De aquella barbería recuerdo, aparte del descomunal y escandaloso despertador, un cuadro con una fotografía de un moro con chilaba que daba de comer unas ramas a un ciervo, y el primer periódico que vi en mi vida: el ABC. No sé con que frecuencia compraba aquel hombre el ABC, pero seguro que no compraba más de dos al año, porque a mi siempre me parecía el mismo. Siempre, que yo recuerde, en la portada estaba presente el Caudillo y Jefe supremo de la Nación y los Ejércitos, Francisco Franco.
Pa que os quiero contar lo que me entraba en el cuerpo, de la punta de los dedos de los pies, hasta la cabeza, cuando el barbero le decía a mi madre: “Ya puedes sentarlo aquí”. Temblaba, e incluso alguna vez, mojé los pantaloncillos como consecuencia de una incontinencia urinaria...que me meé, vaya.
El doloroso calvario comenzaba para mí, cuando sentía sobre mi cogote el tacto de las frías manos de aquel buen hombre. Siempre me he preguntado por qué tienen todos los barberos las manos tan fría. Ahora se llaman peluqueros, pero a mí me siguen cayendo tan gordos -bueno, ellos no, su trabajo y sobre todo cuando me lo hacen a mí- como por entonces.
Bueno, me colocaba el barbero, un trapo alrededor del pescuezo para evitar que los pelos se metieran e inundaran el resto del cuerpo, pero tanto me lo apretaba el joio, que llegué a pensar que lo que quería aquel hombre era ahogarme y así liberarse del coñazo que le daba siempre que me pelaba. Sentía por fin y para colmo de mi sufrimiento, la fría máquina pelaora pasar cortando y arrancando todo cuanto encontraba en su camino hasta que llagaba a media cabeza, Los cinco dedos de aquel hombre dudoroso y con una cara de mala leche que pa qué, se clavaban sin compasión alrededor de mi cabecilla infantil impidiendo que se moviera un solo milímetro. De cuando en cuando, la retorcía (la cabeza)con fuerza, para hacer más asequible la máquina o las tijeras, lo cual suponía para mi ponerme al borde de la desesperación. Me picaba todo el cuerpo sin que existiera la más insignificante posibilidad de rascarme porque mis manos estaban presas bajo aquel enorme trapo que seguía estrangulándome el pescuezo. Muy de cuando en cuando, pasaba casualmente la máquina peladora, por una de las zonas en picazón sin que ello supusiera más que un ligero alivio parcial a mi sufrimiento. El despertador seguía y seguía martilleando mis oídos sin remisión y sin esperanza alguna de que se rompiera, se le acabara la cuerda ni que por casualidad; se cayera de la estantería al suelo y se hiciera polvo. En el viejo espejo sólo podía ver -mi cabeza continuaba inmovilizada fuertemente por los inmensos dedos del barbero-, un montón de pelos negros de entre los cuales, salían unos alegres y vivarachos animalejos y que los higuereños llamaban,... llamábamos, vaya, por entonces “piejos”.
No sé por qué la gente tenía tanta aversión a estos insectos, cuando en el fondo, a todos nos producía cierto regusto, sentir por el cogote el cosquilleo casi orgásmico del corretear alegre y efervescente de uno o varios de estos parásitos, y no te digo ná cuando el paseo se lo hacían por detrás de la oreja u orejas.
Estaba muy mal visto tener piojos por entonces y nadie se atribuía su propiedad. Siempre había alguien al cual se le hacía propietario exclusivo de tan vergonzante contagio, cuando la realidad era mucho más sencilla: cualquier ciudadano, corría permanentemente el riesgo de ser contagiado fácilmente como consecuencia de la falta de medios para asearse y las condiciones infrahumanas en materia de higiene que sufríamos la inmensa mayoría de los higuereños por entonces, sin agua corriente, ni mucho menos cloacas donde desaguar cualquier inmundicia orgánica.
Eso si, había un producto desinfectante cuyo nombre de marca era ZZ, que no mataba ni una sola liendre, porque a base de tanto polvo, los animalejos se habían acostumbrado y pa mí, que en vez de causarles algún daño, el ZZ los animaba. Eso sí, tú corrías el riesgo de morirte si aplicabas sobre tu cabeza, sobaco o pubis, una dosis inapropiada. Jamás mis narices olieron nada tan asqueroso y nauseabundo. Tampoco comprendía como no se morían de asco los piejos y las liendres con el inaguantable olor de aquellos malditos polvos. Pero nada: pa presumir de limpios y de luchadores contra la infernal epidemia de piejos, las madres rociaban sobre la cabeza de sus niños casi cada día, medio bote de ZZ con lo cual cuando llegaba la noche, los piejos y la liendres seguían intactos, incluso más vivarachos, por las razones que he dicho antes, pero lo niños, a parte de oler a perro muerto, padecían dolor de cabeza y mareos, sin que esto supusiera para dichas madre motivo suficiente para suspender el tratamiento contra los piojos. Por encima de cualquier otra consideración, estaba mantener la conducta de limpio y aseado, lo cual pasaba por endiñarle al niño un buen viaje de ZZ cada día.
Luego había una doble conducta con respecto a estos omnipresente insectos: el rechazo social, por un lado, y por el otro, el placer que le producía a la inmensa mayoría de la gente, espulgarse a ellos mismos o a sus niños. Confieso avergonzado, pero con la sinceridad que me caracteriza, que siempre me gustó tener piejos; que me gustaba sentir como bajaban y subían alegremente pescuezo arriba, pescuezo abajo; el picor efervescente y casi orgásmico, como he dicho antes, que producían media docena o más, de ellos correteando por todo el cuero cabelludo; coger de cuando en cuando un ejemplar adulto, de aquellos del lomo colorao y cara de mala leche, y ponerlo encima de la uña del dedo gordo y con la otra del dedo homólogo de la mano contraria, apretar sobre su lomo y sentir como crujían como una pequeña bomba. ¡Eso, era diversión, y no como se divierte la gente hoy... sentándose frente al televisor para ver, aquí hay tomate o El Gran Hermano!
De mi y de mis hermanos, se encargaba mi abuela, que forjada en mil batallas contra estos diminutos bichejos, lendrera en mano y al tibio sol de primavera y no tan tibio del invierno, conseguía en cuestión de una hora u hora y media diariamente, erradicar parte de la población de piojos y liendres residentes en cada una de nuestras cabezas. La brillantina, muy de moda por entonces y muy barata, el calor del sol y la ZZ, contribuían en facilitar la labor de mi querida abuela, que sólo conseguía, pese a su esfuerzo diario, mitigar la epidemia, dejando siempre para el próximo día la erradicación total, erradicación que nunca pudo llegar a ver.
Ahora, muchos años después, el puñetero progreso, los dos cuartos de aseo de que disponemos en casa y la infinidad de productos de aseo personal que tenemos a nuestra disposición, han dado al carajo de tan agradable compañía. Ahora pa ver un piejo tengo que buscarlo en Internet, pero no es lo mismo, la verdad. Es como ver a las mujeres... Bueno, como no quiero herir la sensibilidad de nadie, lo dejamos aquí.
Andrés
23 de abril 2001
sábado, 14 de marzo de 2009
Las lentejas, quién quiere las come, quién no, las deja

Hay alimentos, que debería estar prohibida su venta, es más: deberia estar prohibido su cultivo. Entre ellos hay algunos que tengo especialmente catalogado. El primero son las lentejas. Sí, esta legumbre con forma de gragea, de color ofensivo para la vista, de tacto repelente y peor sabor, se empeñan algunos, creo que demasiados, en hacernos ver y creer en sus excelencias nutritivas, su exquisito sabor y sobre todo, su riqueza en minerales, de los que destaca especialmente el hierro. Se le atribuyen infinidad de bondades de toda índole, hasta el punto, de que creo que es la legumbre mas piropeada de cuantas hubo y hubieron, y la verdad es, que nunca llegué a entender tanto agasajo y tanta palabrería bienhechora hacia lo que yo considero un nausebundo alimento.
Nausebundo por su aspecto, especialmente cuando se cocina sin caldo. Un aspecto cuya escatológica comparación, prefiero omitir por respeto a los lectores, pero que es inevitable hacerse una ligera idea.
Pero no sólo es el aspecto: cuando una cucharada de esta basura alimenticia entra en la boca, no puede uno evitar sensaciones repugnantes y el estomago da la impresión de que se niega a admitir en su cabidad tan asquerosa materia.
Se empeñan en disimular su mal sabor y su peor olor con condimentos, otras verduras, embutidos y cualquier otra cosa que pueda ayudar a hacer mas comestible a la lenteja, sin que consigan mitigar ni levemente, su inmundo sabor, consiguiendo eso sí, estropear cualquiera de estos aderezos o condimentos con solo tomar contacto con la maldita píldora vegetal en cuestión.
Cuando uno ha vivido el tiempo suficiente como para llegar a tan tajante y difinitiva conclusión, cuenta con los suficientes y racionales motivos para ello, como veremos.
No siempre se ha gozado de la holgura económica y abundancia en cuanto a comestibles se refiere. Hubo tiempos pasados, felizmente superados, que la lenteja, sobre todo por su asequibilidad y bajo coste, fue la base alimenticia casi diaria de mucha gente. Su persistencia en la mesa, su caractéristico, sabor, olor ,tacto y aspecto, fue incrustándose muy dentro de nuesto cerebro hasta conseguir esa detectable opinión que nos merece a muchos la lenteja como alimento. Y por si fuera poco, los que tuvimos que apechugar con los deberes patrios y tuvimos que permanecer en un campamento o cuartel militar un par de años, tambien la leteja formó parte casi diaria de la sustentación alimenticia de muchos, que como servidor de ustedes, hubo de pasar por ese amargo trance. Allí, en la mili, la lenteja se cocinaba-por llamarlo de alguna manera- sin aderezos, condimentos...algún ajo, alguna cebolleta mustia, algo parecido a aceite, que realmente mo lo era...pero eso si, cantidad de gorgojos(insectos de color parduzco y vivaracho comportamiento y que tengo la impresión de que su predilección por la legumbre en cuestión, es radicalmente opuesta a la mía)
y piedras de la mas diversas forma y tamaño, amén de otras inmundicias adquiridos en su recolección.
Sobre un recipiente métalico de considerables dimensiones, en cuyo interior se habían vertido una buena cantidad de agua, se vaciaba el saco de la legumbre tal cual, se le añadia la sal y poco mas y se cocia bajo el fuego de una llama rojiza y humeante, cuyo combustible nunca supe que era.
La proporcion entre el agua y las maldita legumbre, nunca era la correcta. Siempre podía apreciarse en la supeficie como flotaban las inmundicias y las lentejas que por su escaso peso no conseguian quedarse con sus compañeras en el fondo del recipiente. Poco a poco el agua empezaba a calentarse hasta que hervía y entonces el bailoteo de las tentejas y demás objetos hubiera resultado hasta divertido, si no fuera porque el fétido olor empezaba a inundar nuestras narices y a revolver nuestros estomagos.

Hay alimentos, que debería estar prohibida su venta, es más: deberia estar prohibido su cultivo. Entre ellos hay algunos que tengo especialmente catalogado. El primero son las lentejas. Sí, esta legumbre con forma de gragea, de color ofensivo para la vista, de tacto repelente y peor sabor, se empeñan algunos, creo que demasiados, en hacernos ver y creer en sus excelencias nutritivas, su exquisito sabor y sobre todo, su riqueza en minerales, de los que destaca especialmente el hierro. Se le atribuyen infinidad de bondades de toda índole, hasta el punto, de que creo que es la legumbre mas piropeada de cuantas hubo y hubieron, y la verdad es, que nunca llegué a entender tanto agasajo y tanta palabrería bienhechora hacia lo que yo considero un nausebundo alimento.
Nausebundo por su aspecto, especialmente cuando se cocina sin caldo. Un aspecto cuya escatológica comparación, prefiero omitir por respeto a los lectores, pero que es inevitable hacerse una ligera idea.
Pero no sólo es el aspecto: cuando una cucharada de esta basura alimenticia entra en la boca, no puede uno evitar sensaciones repugnantes y el estomago da la impresión de que se niega a admitir en su cabidad tan asquerosa materia.
Se empeñan en disimular su mal sabor y su peor olor con condimentos, otras verduras, embutidos y cualquier otra cosa que pueda ayudar a hacer mas comestible a la lenteja, sin que consigan mitigar ni levemente, su inmundo sabor, consiguiendo eso sí, estropear cualquiera de estos aderezos o condimentos con solo tomar contacto con la maldita píldora vegetal en cuestión.
Cuando uno ha vivido el tiempo suficiente como para llegar a tan tajante y difinitiva conclusión, cuenta con los suficientes y racionales motivos para ello, como veremos.
No siempre se ha gozado de la holgura económica y abundancia en cuanto a comestibles se refiere. Hubo tiempos pasados, felizmente superados, que la lenteja, sobre todo por su asequibilidad y bajo coste, fue la base alimenticia casi diaria de mucha gente. Su persistencia en la mesa, su caractéristico, sabor, olor ,tacto y aspecto, fue incrustándose muy dentro de nuesto cerebro hasta conseguir esa detectable opinión que nos merece a muchos la lenteja como alimento. Y por si fuera poco, los que tuvimos que apechugar con los deberes patrios y tuvimos que permanecer en un campamento o cuartel militar un par de años, tambien la leteja formó parte casi diaria de la sustentación alimenticia de muchos, que como servidor de ustedes, hubo de pasar por ese amargo trance. Allí, en la mili, la lenteja se cocinaba-por llamarlo de alguna manera- sin aderezos, condimentos...algún ajo, alguna cebolleta mustia, algo parecido a aceite, que realmente mo lo era...pero eso si, cantidad de gorgojos(insectos de color parduzco y vivaracho comportamiento y que tengo la impresión de que su predilección por la legumbre en cuestión, es radicalmente opuesta a la mía)
y piedras de la mas diversas forma y tamaño, amén de otras inmundicias adquiridos en su recolección.
Sobre un recipiente métalico de considerables dimensiones, en cuyo interior se habían vertido una buena cantidad de agua, se vaciaba el saco de la legumbre tal cual, se le añadia la sal y poco mas y se cocia bajo el fuego de una llama rojiza y humeante, cuyo combustible nunca supe que era.
La proporcion entre el agua y las maldita legumbre, nunca era la correcta. Siempre podía apreciarse en la supeficie como flotaban las inmundicias y las lentejas que por su escaso peso no conseguian quedarse con sus compañeras en el fondo del recipiente. Poco a poco el agua empezaba a calentarse hasta que hervía y entonces el bailoteo de las tentejas y demás objetos hubiera resultado hasta divertido, si no fuera porque el fétido olor empezaba a inundar nuestras narices y a revolver nuestros estomagos.
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