Privilegiados, después de todo
A.T.S. Jueves 18 de Junio de 2009
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Bastaría echar un vistazo a la prensa escrita, escuchar la radio o ver la televisión, para darnos cuenta que a pesar de todo, vivimos en un lugar privilegiado del planeta. Un privilegio que se fundamenta en algunos parámetros a tener en cuenta: El primero, económico -aunque haya cuatro millones de parados, la vivienda siga siendo un bien inasequible, los sueldos sean bajos, las pensiones también, etc, etc-. Segundo: tenemos reconocidos por las leyes el derecho a expresarnos libremente, a votar y a ser elegidos en cualquier ámbito local regional o estatal, incluso europeo; tenemos reconocido igualmente el derecho a asociación, tanto sindical como política, cultural o de cualquier otra naturaleza, etc, etc. En otros ámbitos, tenemos derecho a la sanidad pública gratuita, enseñanza, prestaciones de desempleo, jubilación, viudez ,invalidez parcial o permanente, etc, etc.
Y algo muy importante: vivimos en un estado laico donde hay total libertad para profesar cualquier religión. Considero importante este hecho porque en cualquier estado donde la religión -cualquiera de ellas- marque las pautas en el gobierno y en las leyes, el ciudadano es sometido y manipulado al antojo del gobernante de turno, eso sí, en nombre de Dios, Jehová, Alá...
Estamos inmersos en lo que se ha dado en llamar el estado del bienestar; privilegio económico y social, al que pocos países del mundo han podido llegar o ni tan siquiera aproximarse.
Bien, algunos creerán que estoy dibujando un país idílico donde no caben más mejoras y donde todo está hecho ya. No es esa mi intención, ni tampoco obviar desde la auto complacencia, situaciones de desigualdad, de injusticia social, de pobreza, etc. Sólo intento establecer la diferencia de nuestro status social, económico y político, con la inmensa mayoría de países del mundo donde aspirar a vivir una vida como la nuestra, es poco menos que una utopía nalcanzable.

Tampoco quisiera que este escrito se interpretara como un acto de despreocupación hacia los problemas que hay en el resto del orbe, del que soy consciente, pero desgraciadamente, no está en mis manos ni en la s de muchos de nosotros, cambiar algo tan complejo y de tan grande envergadura. Creo que la mayoría de nosotros estamos en contra del hambre, de las guerras, de los regímenes dictatoriales, de las injusticias sociales y las desigualdades, pero como decía, aparte del apoyo moral la solidaridad y la preocupación de que los problemas existen, poco más podemos hacer.
Así, que asegurar que vivir en España es un privilegio y que somos unos afortunados, no es ninguna exageración ni un ejercicio de patriotismo trasmontano; ni incurrir en un empalagoso chovinismo ni nada que pueda parecérsele. Es constatar una realidad que puede percibirse sin hacer demasiado esfuerzo intelectual. Incluso podría asegurar, que cualquier norteamericano medio vería en nuestro sistema político y social diferencias positivas con respecto a su país. Por lo tanto, si incluso excluimos los poderosos Estados Unidos, de los países que disfrutamos de este status, el circulo se reduce a la comunidad económica europea, Canadá, Australia y poco más. El resto, incluso los llamados países emergentes: China, La India, Brasil... les falta mucho por recorrer para llegar a tener el nivel de bienestar que tenemos nosotros.

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