viernes, 23 de mayo de 2008

Como pasa el tiempo, joer!!


Parece que fue ayer... Echándole un vistazo al álbum familiar, he vuelto por enésima vez a encontrarme con una foto que representa para mi, toda una época de mi vida. Más que una época, representa un acontecimiento único y que transcendió en mi corta vida de forma importante. Esa foto es la de mi primera comunión.

Hacer la primera comunión en la época en la que yo la hice, no era lo mismo que hacerla ahora, por razones obvias y que explicaré: Nací y me crié dentro del seno de una familia humilde, más que humilde, diría yo, despojada de los más elementales medios de subsistencia. Una de esas pobrezas que daban y dan en llamar todavía, pobreza de solemnidad, que no sé porque coño se le da a este tipo de pobreza una denominación tan rimbombante. Pero en fin, lo peor de esa pobreza no es el nombre sino la realidad a la que se refiere. Una realidad que incluso llegué a pensar, cuando mi madurez intelectual me lo permitió, que para no tener, no teníamos ni dignidad, porque la dignidad, no nos engañemos, es proporcional a los bienes materiales que poseemos. Eso sí, dentro del seno familiar, otro tipo dignidad, era un bien arraigado que siempre percibí y que sólo en este ámbito me sentía como un ser humano al que quieren, miman, adoran... aunque, eso sí, no era objeto receptor de otros agasajos materiales, por las razones que he expresado y que seguiré expresando durante todo este escrito.

Bueno, inmerso en esta dura situación y cuando tenia 11 años, con pelos en las piernas y en otros lugares del cuerpo que no eran precisamente en la cabeza, las autoridades municipales y eclesiásticas del pueblo donde vivía, y después de aprenderme a toda prisa el catecismo, obligaron a mi familia a que hiciera la Primera Comunión. Corrían tiempos donde el régimen político en España era una Dictadura Pura y Dura. Una dictadura confesional, donde en su ideario político se consagraban valores ultra conservadores en lo referente a lo religioso, lo moral y lo político. Naturalmente, la religión Católica Apostólica y Romana, era la religión oficial del régimen, ostentado un gran poder y una gran influencia sobre la sociedad de a aquellos días.
Afortunadamente, las cosas han cambiado y hoy la Iglesia, aunque nunca se ha resignado a no tener ese poder, y pelea por obtenerlo minuto a minuto, hoy lo tiene más chungo. El personal hoy en día está más espavilao y no se deja dar gato por liebre tan fácilmente. Y es que es tan ostensible el facherío de sus dirigentes, que a nadie le pasa desapercibido que como ha venido haciendo históricamente, la Iglesia y su moral ultramontana, retrograda y desfasada, entorpece cualquier avance tecnológico, social y cultural, manteniendo intactos unos valores y unos principios morales que no tienen sentido en la sociedad actual.

Para mí aquel hecho no supuso, ni mucho menos, dar por cumplida una ilusión, al menos desde el punto de vista religioso, porque nunca creí en las historias que contaban los curas... y sobre la existencia de Dios, ya a tan temprana edad, tenia mis serias dudas. Nunca creí en la misericordia, en la omnipotencia, en la bondad, ni en tantas otras virtudes que le atribuyan los curas... Pese a ello, no dejaba de despertar en mi, cierta curiosidad cuanto se me venía encima: la confesión, la comunión, toda la parafernalia religioso eucarística...No me preocupaba el perdón del cura, en nombre de Dios, porque nada tenían que perdonarme. No obstante, y sin que pudiera hacer nada por evitarlo, cuando llegó el día señalado (unas catorce o quince horas antes de comulgar) acompañado por mi madre, entré en la iglesia en compañía, también, de otros niños y niñas que como yo, eran acompañados por sus respectivos padres o familiares. Hincado de rodillas en la hilera de niños y niñas que iban a ser confesados, reflexionaba y me preguntaba una y otra vez, de que pecados iba a confesarme... tendré que inventarme alguno -pensé- pero no, resulta que al inefable criterio el párroco, ya a tan corta edad, era un pecador como la copa de un pino, como veremos después.

El confesionario, un armatoste de madera oscura con, eso sí, artísticos labrados barrocos, tenia dos simétricas portezuelas de unos 60 cm de altura que abrían hacia afuera y que era por donde el cura entraba y salía. En los laterales, sendas tupidas rejillas, cuyo centro coincidía aproximadamente, con la cabeza de una persona arrodillada y la del cura. Después de una larga espera y con las rodillas doloridas, me llegó el turno. Estaba nervioso, incómodo, pero decidí pasar aquel mal trago cuanto antes. Llegué a tan fatídico lugar y como mandaban los preceptos eclesiásticos, saludé al cura con el Ave María Purísima de rigor, a lo que me contestó el cura con la consabida frase de rigor también,“sin pecado concebida”. Padre, me acuso... (así me habían dicho que debía empezar) pero el cura me interrumpió sin que me diera tiempo a decir palabra alguna más. Creo que será mejor que te pregunte y tu me contestas, así no habrá posibilidad de que se te olvide nada, me dijo el cura en una voz tan baja que apenas podía oírle. Me tranquilizó la propuesta del cura, porque de esta forma con unos cuantos noes o sies el problema quedaría listo para sentencia... Recordar con exactitud y precisión lo que aquel cura me preguntó, que fue mucho, es imposible, pero si recuerdo que centró toda la retahíla de preguntas sobre asuntos sexuales. Supongo, ahora, entonces no supuse nada, que pensaría que a esta edad tan temprana, solo se puede atentar contra la Ley de Dios, con el “pito” en la mano. Naturalmente, no me importó decirle la verdad sobre mi incipiente sexualidad, que ya se pueden ustedes vosotros imaginar, que tipo de sexualidad se puede tener a esa edad. Pues resultó, que a criterios del cura, desear a mi vecinita y sonreírle perversamente, según dedujo el confesor, era un pecado repugnante, que no debía volver a cometer. También resultó que tocarse el “pito” sin que fuera estrictamente necesario, era un pecado tan abominable como el anterior... y así hasta un par de docenas de preguntitas a las que respodí alternando los sies con los noes, dependiendo de la pregunta. Creí que no acabaría nunca aquel hombre el interrogatorio y ya no sabia lo que contestaba. Como un autómata respondía si o no, pero sin tener conciencia de lo que decía. Al final..... uffffff... me absorbió en nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo.

No me sentía ni mejor ni peor persona, ni más limpio ni más sucio, después de confesarme. No pensaba seguir los consejos que me había dado el cura, pero acabaría aquel proceso como estaba establecido comulgando al día siguiente.
Bueno, la confesión que era el primer paso ya lo había dado. Dormiría aquella noche y mi madre se encargaría de despertarme temprano como siempre, para no andar después con nervios y urgencias innecesarias. La puntualidad era en mi casa un precepto muy arraigado y que se cumplía a raja tabla. Llegaron la 7 de la mañana pronto, para mi, demasiado pronto, pues dormí poco aquella noche pensando en todo lo que se me venía encima al día siguiente. En el corral de la humilde casa donde vivíamos, dispuso mi madre sobre una silla de anea, una palangana llena de agua cristalina y una pastilla de jabón de la marca Heno de Pravia, todavía en su envoltorio y dispuesta para ser estrenada por mi. También una pequeña bolsa de plástico en cuyo interior había champú y cuyo destino o uso, seria lavarme la cabeza.No hubo baño ni ducha, sólo un lavado, eso sí, enérgico, de piernas(de rodillas para abajo) cabeza y cara. Olía bien después del elemetal aseo al que mi madre me había sometido; mi pelo había quedado suave y brillante; sentía el frescor de la limpieza en aquella no demasiado calurosa mañana de abril.

Sobre la cama donde dormía, donde dormíamos, mejor dicho, mis otros dos hermanos y yo, mi madre había dispuesto todo el ajuar que llevaría puesto en tan magno acontecimiento. Dicho ajuar (todo de riguroso estreno) consistía en dos piezas de ropa interior: una camiseta blanca de tirantes y unos calzoncillos de hilo también blancos. El resto de la vestimenta era una camisa blanca, un traje de color gris claro cuyos pantalones era cortos, una corbata para niño de aquellas que tenían una goma para aguantarla al cuello, unos calcetines, también blancos, y por su puesto, unos zapatos del mismo color. Como complementos especiales para dicha ocasión, tambien había un lazo blanco bordado y decorado con artísticas y alegóricas pinturas y que llevaría puesto en mi brazo izquierdo. Por último, un pequeño misal o libro con preciosas cubiertas de nácar blanco y de cuyo interior pendía un no menos precioso rosario de perlas blancas.
Me ilusioné al ver todo aquello nuevo y brillante y hubo mi madre y mi padre que retener mis prisas por colocarme todo aquello, con el objeto de que no ensuciara o estropeara nada de lo que con tanta ilusión y esfuerzo ellos habían preparado.

Para mis padres supuso un enorme esfuerzo económico afrontar los gastos de mi primera comunión, no obstante, siempre supe que lo hicieron con sumo gusto y que aquel acontecimiento le llenaba de orgullo y satisfacción. Para mí, si bien desde el punto de vista religioso, aquello suponía un inconveniente más que otra cosa, desde el ámbito privado y social, la Primera Comunión supuso para mi tener toda una serie de experiencias nuevas y satisfactorias. Por primera vez en mi vida tomé contacto con el lujo... por primera vez me sentía en igualdad de condiciones que los niños ricos. El traje, la corbata, los zapatos de charol, el lazo, el librito, el rosario... nada tenían que envidiar al que llevarían de los niños de la gente pudiente. Lástima que todo fuera tan efímero como un suspiro. Al día siguiente volví a la triste realidad de mi pobreza: mis pantalones remendados, a mis sandalias de goma, a mi jersey zurcido.
Bueno, hasta aqui el relato de mi primera comunión, que por cierto, tambien fue la última